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AMIA

Por Marina Bianco.

Una tragedia que se llevó la vida de ochenta y cinco personas, que dejó un sabor amargo en una sociedad entera. La esperanza de toda una comunidad bajo los escombros y el polvo de un edificio totalmente derrumbado. El momento de quiebre que marcó la historia de una institución que, hasta el momento, pocos conocían.

La mañana del 18 de julio de 1994 fue el momento clave que marcó un antes y un después en la vida de los argentinos. En el centenario del origen de la institución, los festejos fueron interrumpidos. A las 9.53 de la mañana, sobre la calle porteña Pasteur 633, una camioneta Traffic impactó contra el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y convirtió ese día en una fecha para la memoria y el recuerdo. Habían consumido la historia de la institución pilar del judaísmo argentino, habían destruido por completo los muros de un centro de educación, cultura y servicio social, como en aquel 1938 en la noche de los cristales rotos.

“Volaron la AMIA, al igual que la Embajada israelí. Están retirando chicos ensangrentados, hay gente destrozada y mutilada, escombros por todos lados. La tragedia en Buenos Aires se vuelve a repetir. Una bomba estalló en una dependencia de la comunidad judía”, fue el testimonio del periodista Carlos Bianco a pocos segundos de consumarse el ataque.

¿Cómo posicionarse nuevamente frente a una sociedad dentro de la cual existe gente que quiso destruirla? La respuesta no es tan simple.

Muchos integrantes de la comunidad hubiesen optado por dejar en el olvido aquella fecha, por no rememorar tanto dolor e injusticia. No reconstruir la sede de la mutual en el lugar de los hechos sería la solución. A esos tantos, les hubiese gustado, como se dice por ahí, tapar el sol con un dedo. Tal como pasó con la Embajada de Israel en Argentina, luego de haber sufrido un ataque terrorista en 1992, convertida años después en un parque de la memoria.

Por el contrario, las autoridades de la institución decidieron darle el valor simbólico que el edificio se merecía. Cinco años después, a las 9.53 inauguraron, en el mismo terreno, una suerte de fortaleza para demostrar que el terrorismo no había vencido. Sólo los había hecho juntar coraje y permanecer más unidas que antes. El solo hecho de pararse frente a la AMIA y tener que atravesar más de una barrera para poder llegar al centro del edificio, quiere decir que la tragedia dejó varias secuelas que no cesan con el tiempo. “No hay una persona que no mire el edificio con una atención especial”, contó Jorge Rodríguez, uno de los vecinos de la zona.

¿Cómo revertir los aspectos negativos que la explosión había causado? A partir de ese momento, el establecimiento tuvo que salir a flote para reintegrar sus cimientos como referentes dentro de la sociedad argentina.

Conocer, preservar y difundir

Gabriel Scherman, Director del Departamento de Comunicación de la organización más emblemática de la comunidad judía, cuenta acerca de cómo se lleva a cabo la política de comunicación ya que, en la actualidad, sigue vigente el proceso de recuperación de la entidad.

Durante los primeros años, las convocatorias a los aniversarios fueron manejadas de forma amateur, lo que provocó poca repercusión. En aquel momento, no resultaba tan complicado hacer referencia al tema ya que los medios de comunicación apelaban a la memoria del momento. Los diarios se limitaban a publicar imágenes previamente seleccionadas y a titular, de manera fría y sobria.

Era necesario que la información llegase a las personas para que pudieran comprender lo que había sucedido y conocer todas las aristas del problema. Se puso en marcha un plan de campañas de concientización, difusión y pedido de justicia para darle más impacto. El plan de comunicación que creó la institución para lograr la difusión y el respaldo de la gente que se requería, consistió en cuatro puntos elementales: reinstalar el tema, convocar a actos masivos, fortalecer el reclamo de justicia y transmitir que el atentado no se perpetró sólo contra la comunidad judía, sino contra todos los argentinos.

Según Gabriel, hubo dos momentos de quiebre en la historia de la institución que dieron cuenta de la necesidad de darle un nuevo rumbo a la misma para sanar las heridas que se produjeron esa mañana que todos recuerdan con dolor.

En el año 2001, con la crisis política y financiera en la Argentina, AMIA fue una de las tantas organizaciones que se vio en la obligación de ponerse al frente por la necesidad de atención que requería el estado de emergencia. Ya que la asociación lleva más de 100 años trabajando con temas vinculados a lo social, la atención de familias y personas en situaciones vulnerables, tomó la responsabilidad de crear diversos espacios para darle contención a la sociedad en una situación totalmente crítica. Este rol social, fue percibido por las personas desde otro punto de vista, y fue indicador de un crecimiento más dinámico del público que era receptor de los mensajes institucionales hasta el momento.

Otro momento de quiebre fue a partir del año 2006, cuando la asociación comenzó a trabajar más interiorizadamente la cuestión comunicativa respecto a las campañas destinadas a la memoria por el aniversario del atentado. En aquel entonces, se creía que lo ocurrido el 18 de julio quedaría en el olvido, “camino al feriado”, como le dicen los miembros de la colectividad. Este “camino al feriado”, para ellos, significa que en caso de disponerse un día en el calendario que respalde la conmemoración del atentado, la gente no supiera por qué es un día más en el que no se tiene que trabajar o ir a estudiar.  A partir de ese año, AMIA decidió que pensar cada estrategia de campaña y cada concepto específico de comunicación, a qué publico destinar sus mensajes y qué tipo de mensaje había que reproducir, sería lo que le dé mayor impacto a sus actividades para logar una gran repercusión en la sociedad.

¿Cómo entender que los medios de comunicación tenían que ser un aliado para lograr dichos objetivos? La primera controversia se generó cuando la institución supo que debía generar contenidos que le permitiesen a los medios difundir noticias, con el fin de multiplicar la llegada de su mensaje, y así establecerse en la agenda setting de toda una comunidad.

Aunque nada sucedió como lo esperaban. Se dieron cuenta que debían cambiar el rumbo de lo que venían haciendo porque la gente ya no estaba interesada en recordar lo que había sucedido. “Empezamos a levantar el teléfono y preguntar quién nos prestaba un espacio dentro de su medio. Había un montón de gente dispuesta a ayudarnos”, cuenta Gabriel.

AMIA iba de puerta en puerta buscando el respaldo de otras instituciones, cuando en el 2010 probó suerte en la sede argentina de Ogilvy, una de las agencias de publicidad más imponente del mundo. Sin conocer a nadie, los recibieron con los brazos abiertos y, la temática los sensibilizó tanto que decidieron ayudarlos de ahí en adelante para dar a conocer lo que la institución era capaz de dar. A partir de ese momento, se dieron cuenta de que cada vez más gente estaba interesada por ayudar a la institución a recuperar su patrimonio histórico y social.  “Nos ofrecieron hacer un spot para reproducir en los cines antes de que comenzaran las películas. No teníamos herramientas ni tiempo para hacer nada y creíamos que no llegaríamos a cumplir nuestra meta. Dos días después, una productora nos había creado una publicidad que ya estaba circulando por todos los cines de la capital”.

Año tras año, la necesidad de hacer que la temática se vea interesante para el público receptor era todo un desafío. Se intentó mostrar aquello que los medios habían dejado de hacer. Claro ejemplo de esto es el del programa de televisión “Paka Paka”  realizado en conmemoración por los 20 años del atentado. En una emisión de julio del 2014, se muestra a Micro Zamba, un personaje adorado por los chicos, que se pregunta por qué en el frente de la sede de la AMIA hay barrotes de seguridad y una leyenda que dice “Justicia y memoria”. Esta, una forma de contarles a los más chicos o a quienes no vivieron el atentado qué fue lo que pasó y por qué pasó. Es una gran experiencia para los más grandes y un enorme desafío para no dejar en el pasado aquello que se ve a diario.

“Estamos acostumbrados a que pasen cosas y termine en eso. El caso de un atentado exige un compromiso más activo para estar involucrados y exigir justicia. No es una fecha patria o una fiesta, aunque pase a ser parte de la agenda social”, sintetiza Valeria Levin.

La fe mueve montañas, y todas las barreras que hasta entonces se les presentaba a la mutual, estaban siendo superadas gracias a la solidaridad y el compromiso constante de la gente que busca un renacer dentro de la comunidad judía para toda la sociedad argentina.  Cada vez es más la gente que se compromete con la causa y que participa de las actividades. Hay una gran convocatoria por parte de los más chicos, que se comprometen todos los días por que la aberración que sufrió la AMIA no quede en silencio.

La memoria latente

“La vida es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad

histórica, el modo de pesar y de vivir”, Milan Kundera.

“Me acuerdo perfecto de cada detalle. Era el lunes que empezaban las vacaciones de invierno, y yo estaba cursando el primer año de facultad. Había acompañado a mi mamá a dejar algo en lo de mi abuelo y cuando llegamos a mi casa y empezamos a ver en la televisión lo que había sucedido, no podíamos creerlo. Me resulta imposible olvidarme de ese momento”, es el testimonio de Gabriel.

 Una marca en la historia judía argentina que no se borra. Cada 18 de julio significa una pieza perdida del rompecabezas, un momento de reflexión para todos los ciudadanos, una oportunidad para recordar qué se hizo y qué falta hacer para recuperarnos como sociedad.

“La cultura de la memoria es el proceso por medio del cual la sociedad hace un hábito del ejercicio de la memoria, y se garantiza así la continuidad cultural al preservar, con la ayuda de mnemotécnicas culturales, el conocimiento colectivo de una generación a la siguiente posibilitándoles a las generaciones subsiguientes la oportunidad de reconstruir su identidad cultural”, Jan Assmann y John Czaplicka (extracto extraído del libro Derechos Sociales en Acción).

Todo tipo de comunicación que se genere es de gran ayuda para hacerle recordar a la gente que esta brecha que se creó a partir de un hecho tan relevante como lo fue el atentado antisemita más grande del país, no es motivo de quiebre entre los que hoy están presentes. Es necesario que la comunidad de hoy recuerde, para que la comunidad del mañana pueda conocer sobre sus antepasados.

Acciones que vale la pena conocer

AMIA creó el Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino Marc Turkow con el fin de preservar material sobre la historia del judaísmo en la Argentina, y dentro de este se encuentra un archivo destinado especialmente al atentado. En él, se dedica especial atención al resguardo y la difusión del patrimonio documental relativo a lo ocurrido contra la institución en 1994. Con el objetivo de reforzar el ejercicio de la memoria y el reclamo de justicia, la AMIA buscó proveer de materiales a quienes quieran abordar esta temática para reconstruir el patrimonio general del pueblo argentino.

En vísperas de cada aniversario, los representantes de la comunidad judía más grande del país planean qué va a tener de diferente cada 18 de julio. Y, lo más importante, qué van a hacer para que al día siguiente el tema no aparezca en la tapa de los diarios como una simple referencia al acto por la memoria y la justicia.

Una iniciativa reciente referida a este tema es la intervención artística que se realizó en la estación de subte Pasteur, ahora bajo el nombre de “Pasteur Amia”, ilustra perfectamente la necesidad de conmemorar lo ocurrido. Es incontable la cantidad de personas que transitan por allí, o que aquél 18 de julio habían pasado por ese mismo lugar, se transformarán 21 años después en testigos de una tragedia que hoy se convierte en recuerdo constante y homenaje a las víctimas.

Cuando la transformación no sólo se refleja desde adentro, y se ven involucrados muchos agentes sociales, la forma en que la institución se vincula con la sociedad cambia completamente. Cada vez existe mayor y mejor recepción respecto a los mensajes de unión y respeto que emite la institución en sí, aunque “no es una acción que empieza y termina, es algo que dura para siempre”.

Omar Panosetti, artista plástico, realizó desde su pequeño lugar un mural sobre el atentado en el edificio de la Sindicatura General de la Nación, y afirma que para él “fue muy fuerte realizar este mural y después de verlo donde está hoy, como un símbolo de la memoria siento que a miles de transeúntes que pasan a diario por ahí les da algo, los puede movilizar a no olvidar”.

El eslabón perdido

“Todos los muertos de la AMIA, y los de la Embajada de Israel. El poder secreto de las armas, la justicia que mira y no ve. Todo está escondido en la memoria, refugio de la vida y de la historia”, La Memoria de León Giecco.

Una pieza restante de este rompecabezas es la justicia. La impunidad con la que los terroristas salieron victoriosos frente a los tribunales, que jamás los juzgaron. La libertad incondicional de los culpables de la muerte de más de 80 personas, y las heridas que nunca sanaron en más de 300 sobrevivientes.

De no haber sido por las familias y amigos de las víctimas del atentado, junto con la colaboración de la institución, esta fecha hubiese quedado en el olvido. Es por eso que crearon la Asociación 18J, en la que ponen en marcha sus planes de reclamo por la justicia, la memoria y la verdad en honor aquellos que hoy ya no están o que sufrieron heridas imborrables.

Olga Degtiar, es una de las integrantes de la asociación. Pero tiene un título más importante, ser la mamá de Cristian, quien perdió la vida aquel 18 de julio. “Todos los días me despierto pensando cómo voy a enfrentar un día más sin mi hijo. Me mantiene activa el hecho de estar en un grupo con gente que le tocó vivir lo mismo que a mí”. Al principio, cuenta Olga, todo era muy difícil pero con el correr del tiempo, aprendió a convivir con el dolor de haber perdido a Cristian. Ese día corrompió los estigmas de la felicidad, y le dio un giro inesperado a su vida, como le sucedió a tantos familiares que hoy siguen en la constante lucha por la justicia, por saber la verdad sobre una masacre que sigue impune después de más de dos décadas.

Por un mayor compromiso

“Un atentado que hizo tristemente célebre a la AMIA”, como dijo un ex presidente de la asociación. Desde aquel 18 de julio, la institución pasó a ser reconocida a nivel nacional aunque a muchos les hubiese encantado que no haya existido una bomba, un ser arraigado de odio y maldad. De ser escombros, AMIA se convirtíó en un factor social de enseñanza y respeto por los demás, tanto para la comunidad judía como para la sociedad civil en general. Con la necesidad de devolverle a la sociedad lo que había hecho por ella, la institución decidió abrir sus espacios ante la comunidad.

El trabajo que realiza la institución desde el momento del atentado, abarca cuestiones vinculadas a la cultura, la educación, la juventud, el arte, el empleo, los programas sociales, la discapacidad, la niñez, entre otras tantas. La gran visibilidad que se le da a la institución, es símbolo de compromiso y efectividad de la labor cotidiana de todos los que la componen.

Para dar cuenta del respeto y la unión social, los miembros de la mutual escribieron un libro llamado “Un millón de veces AMIA” que hilvana la historia de cientos de personas que recibieron el apoyo de la institución en diversas situaciones en las que necesitaban gran contención. Esta obra es un espacio que recrea la experiencia única de vida de mucha gente, judía o no, que se ha vinculado con la asociación desde los lugares más diversos. Con fotos, historias contadas desde la primera persona, el libro muestra un millón de respuestas que realizó la AMIA y le da la palabra a ellos. Por más que no se conozcan existe un común denominador que los une, que es la AMIA.

Atentado es una palabra que paraliza. Quizás muchos no se quieran interiorizar en el tema porque, de por sí, es una cuestión compleja. “Mientras más presente esté, más fuerte va a ser la causa. Tenemos el compromiso de mantener viva la memoria, desde AMIA podemos hacer algo concreto. Buscamos convocar y sensibilizar a otros jóvenes hablando del mismo idioma”, cuentan Kevin, Valeria y Jony. Ahora. Con más de 25 años, estos jóvenes pueden ver la realidad a la que se enfrentan y el compromiso que asumen en una sociedad que vivió dos atentados impactantes.

“Cuando falleció mi único hijo, la AMIA me acompaño con mucha humanidad y cariño”, cuenta Sara Baidach una madre que perdió a su hijo y encontró en la institución el apoyo incondicional que todavía sigue necesitando. “Me siento como en mi casa, la AMIA me da mucha confianza”.

La sociedad argentina está conformada por un gran crisol de identidades, “y es importante que busquemos aprender del otro e intentemos aceptarnos como somos. No es cuestión de igualar, sino de enriquecernos de las diferencias para aportar una conexión entre todos”, concluye el director del departamento de comunicación.

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